jueves, 22 de octubre de 2009

Margarita



Sabes recuerdo mucho ese patio donde jugaba, era tan grande y emocionante andar por ahí; recuerdo que cada espacio de él era especial tenía algo que me sorprendí, algo que me llevaba a imaginar y tener muchas fantasías.

Ahí encontré eso animalitos bajo esa suave tierra con la que jugaba a casarlos eran tan raros, siempre pensé en meterme uno a la boca y sentir en la lengua como se sentía en mi mano, siempre me preguntaba porque eran tan suaves, esta arena solo se encontraba en ese espacio donde estaba esa casita de palos donde solo entrabas a la mitad porque más atrás había cuanto cachivache, si, ahora recuerdo mejor estaban justo en la entrada la arena siempre había cráteres que los animalitos hacían les metíamos un palito y estos comenzaban a moverse y ahí era cuando los agarrábamos. Una vez llovió y nos quedamos ahí, recuerdo que el silencio de nosotros aguardo y nos dejamos llevar por el paisaje que nos regalaban las gotas de agua, creo que ha sido el momento más inocente que he guardado. Mi abuela tenia los brazos cruzados y yo en cuclillas como todo niño mirando y desde ahí la volteé a ver cómo veía y ella miraba el paisaje sonriendo, y eso me invito a sonreír con ella.

Hubo un día que descubrí que en ese gran árbol que la mayoría de veces era muy verde y que no tenía mucho que había estado sin una hoja y de apariencia muerta ya estaba lleno de ramitos de flores amarillas me alegro mucho verlo así de intenso, creo que desde entonces había dicho que esos ramos los quería para un vestido; esos ramos eran tan amarillos que cada florecita era difícil de distinguir y si solo le prestabas atención le podías definir hasta los pistilos cafés. En mis memorias infantiles tengo presente el momento en que una vez no deje de dar vueltas debajo de ese árbol y de mirar hacia esos ramos, todo el cielo era amarillo la risa me atacaba y ahora pienso si ahí pensaba en que tan feliz, ahora no dejo ese pensamiento… es mi meta del día pero ahí solo me veo riendo.

La temporada de guayas era mi favorita, el ver a mi abuela cortarlas y yo correr a cacharlas hacia siempre que esas hamacas en el patio nos estorbaran para cacharlas, juntarlas y luego comerlas, siempre escuchando una plática de cualquier cosa pues ninguna creo que haya captado tanto mi atención como para grabarla, solo tengo presente el estar las dos sentadas una enfrente de la otra en unas sillitas viendo la forma de abrirlas y meterlas a nuestra boca, siempre quedaban ganas de otra pues que es una guaya.

Tengo muy presente el mole en los días de mi cumpleaños, siempre iban acompañados de arroz blanco y agua de sabor. No sé en qué momento ella intuyo que su mole era un gusto para mi… realmente no era una molestia para mí el que ella sintiera eso, solo el pasar cada cumpleaños con ella así valía la pena, lo extraño es que solo lo festejábamos las dos.

Algo que aun recuerdo mucho es el día en que me hizo un short. No era cualquier short para empezar tenía un fondo rojo la tela y de ahí se formaba unas flores que eran un tanto grandes y nada armónicas como para una niña, era muy grande el short bueno llegaba hasta mi rodilla de largo y lo único que lo sujetaba a mi cuerpo era ese elástico poco flexible que cumplía bien su función (el que no se cayera el short) y no era porque fuera poco no sino que era grueso como para que no se perdiera pronto sin embargo cuando lo lograba estirar a toda su capacidad era muy grande el short en todas sus dimensión, por eso luego parecía que traía falda en vez de short, como me gustaba usarlo y creo que por eso aun lo tengo guardado.

Y lo último que obtuve de ella fue un cojín de pochotas. Recuerdo que era tan suave y amoldable, y que su funda era hecha tenía dos pajaritos bordados, siempre pensé que era ella y yo como siempre. Desde que me lo dio lo cargaba para donde fuera, en puebla fue su perdición pues de tanto uso esos dos pajaritos estaban muy rematados y la pochota se empezaba a salir y lo más grave es que según el especialista fue la causante de mis alergias. Como puede algo tan querido causar esto, recuerdo que la primera noche que me lo quitaron pase la noche inconsolable algo me hacía falta había sido mi compañero por cinco años…

La última vez que la vi fue el día en que me atreví a ir a verla al hospital después de un derrame cerebral, creo que esa imagen de esa mujer fuerte se gravo mas, ni vi tan grave en ese entonces lo que le había pasado. Sabía que todo seguiría como antes. Sin embargo no fue así, a los tres días hablaron a donde yo andaba de vacaciones para decirnos que la iban a enterrar en moyota justo el lugar donde se da esa flor como algodón de la que estaba hecho mi cojín. Para ser sincera no quería ir, no sé si por seguir disfrutando las vacaciones o para no enfrentarme al hecho de que estaba muerta.

Llegamos a la iglesia, gracias a dios al final de la misa y la gente me vio llegar odio cuando voltean a verte a ver cuál es tu reacción y varias personas me insistieron que la fuera a ver, pero como se atrevían a decirme eso, si lo mejor de ella lo tenía tan guardado y vivo, como iba a entregarle todo lo feliz que fui con ella aun recuerdo vacio, sin sonrisas, sin momentos de vida, a su cara dentro de ese lugar tan cerrado donde la pusieron ella conmigo siempre había sido libre. No sabía si llorar o gritar, el silencio me llevaba al enojo de porque no habían sido esas personas con las que no era feliz en ese entonces.

He visitado la casa de mis abuelos en dos ocasiones después de nueve años un tanto obligada por mi mamá; no más de media hora y no más allá de la sala. He ido al panteón donde está en una ocasión, solo porque mis tíos me lo pidieron y no quería parecer que me valía el ir y pasar un momento con ellos. Aun conservo ese short pintoresco. No he comido mole como el de ella con ese arroz que tenía un sabor y olor único hasta ahora. No he visto árbol tan frondoso y feliz con flores amarillas como ese. Y no hay almohada que supla al cojín.


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